jueves, 20 de junio de 2013

La magia de la música

por Lola Zavala

La música es memoria, es identidad, es alegría, es melancolía, es protesta. Es un fabuloso medio de transporte hacia otras épocas, a otros cuerpos, a otros mundos. Es fusión y es diversión. La música nos lleva de la mano, a veces con suavidad como una caricia, a veces con violencia e incluso con dolor, a aquellos lugares que habitamos en nuestro pasado. Nos lleva, por ejemplo, al sitio en el que nos enamoramos por primera vez, nos recuerda el primer beso o alguno muy importante. Bien dicen por ahí que al primer amor se le quiere más, pero a los siguientes se les quiere mejor. Una nota conocida nos puede trasladar, sin escalas y sin mayor trámite, al momento más hermoso que hayamos tenido en la vida. Nos acompaña cuando sufrimos, también nos desahoga y nos permite sacudirle al cuerpo las penas. Podemos bailar con su ritmo cadencioso, brincar con locura si es una música muy prendida, practicar el baile de cachetito para las calmaditas o ya entrados en confianza, con la divertida técnica del cartoncito de cerveza (hasta ahí no más, que eso del reguetón ya no entra en la categoría de música, lo digo por eso, no por moralina, que conste). Podemos bailar acompañados, ya sea de propios o de extraños y también en la soledad de una tarde que, con toda certeza, dejará de ser gris en cuanto la música inunde nuestros oídos.

Podemos hasta sentir que pisamos la alfombra roja de un castillo, en una fiesta de máscaras, bailando un vals. El mismo vals que de pronto nos hará  recordar aquélla época en la que teníamos quince años. En la que no faltaban las invitaciones a la celebración de tan importante acontecimiento. Aquél en el que la quinceañera se vestía de calabaza (¿o era de princesa?) y los cadetes del colegio militar acudían solícitos, bañados, bien vestidos y peinados para hacer de chambelanes. Recordamos todas esas fiestas llenas de hielo seco y pasteles gigantes con harto merengue, en las que el orgulloso padre ofrecía un sentido discurso, pues su nena ya era cancha oficial. Nos viene también a la memoria el momento en que se acababa el vals y se daba paso a la música "moderna" que le permitía soltarse el pelo, arrancarse aquél pomposo vestido y seguir bailando, ahora con bastante menos ropa y con una desenvoltura tal, que ruborizaba primero a la abuela y después a toda la concurrencia. Todos esos recuerdos se han plantado aquí y ahora, de manera generosa, con tan sólo escuchar un vals.

La música forma parte indiscutible de nuestra historia. Nuestra vida tiene una banda sonora particular y muy personal, pero también está formada de muchas colectivas: las que nos identifican con nuestra patria,  con nuestros contemporáneos, con nuestros ancestros, con nuestros amigos o con aquéllas vacaciones que compartimos en familia. En fin, con la humanidad entera y hasta con el reino animal. Son tantas y tan variadas que la lista sería infinita. A veces las descubrimos de pronto, cuando una nota nos asalta la memoria e identificamos un momento concreto y especial que teníamos olvidado en aquél cajón donde archivamos nuestro pasado. O quizá estamos viviendo un momento memorable y de repente suena aquello que se convertirá instantáneamente en el anzuelo que lo rescate en el futuro. La música es magia.

Recuerdo el primer 15 de septiembre que pasé fuera de México. Se había organizado una fiesta, con música y bailes regionales típicos mexicanos en una discoteca de Barcelona. Todo era alegría. Hasta que, de pronto, salieron a bailar el jarabe tapatío. No sé cómo explicarlo, pero aquéllas notas, sonando tan lejos de casa, me sumieron en una tremenda nostalgia y se me llenaron los ojos de lágrimas (jamaicón total). De pronto estaba yo sin poderme controlar, sollozando ruidosamente y a moco tendido, mientras en el escenario brillaban los colores de las faldas de las bailarinas al ritmo del zapateado. Recordé mi casa en México y me vino a la mente un festival de mi infancia. Así zapateaba yo (con menos maestría, por supuesto) y así sonaba el acompañamiento. Me imagino que a muchos les habrá pasado algo similar. Esas notas desataron todo un mar de nostalgia. Aunque ahora que recuerdo, no todos estaban echando la lágrima. Entre ellos el futbolista Rafa Márquez, que estaba ahí también festejando en el exilio barcelonés, rodeado de muchos chicos a los que distraía con su presencia. Alguna chica incluso confesó que al momento de tomarse una foto con él, tuvo la inmensa y placentera fortuna de comprobar, con sus propios dedos, la firme consistencia de su trasero. Y nos lo vino a contar, feliz, con la prueba gráfica de semejante acontecimiento.

Es curioso, pero aquí en Barcelona he venido a descubrir, que los adultos, digamos contemporáneos, que eran niños aquí cuando yo también lo era en México, disfrutaron y rieron con Baloo: el oso dich-oso de la película El libro de la selva. Gozaron con sus canciones y aún ahora, cada que escuchan aquello de "busca lo más vital, no más, lo que es necesidad, no más, y olvídate de la preocupación..." ríen igualito que yo. Y pensar que la voz que acompaña tanto recuerdo alegre, no es otra que la maravillosa voz de nuestro querido Germán Valdés, Tin Tan.

Los niños de aquélla época también tenemos grabadas en la memoria algunas canciones que los niños de aquí cantaban. Por ejemplo las de Enrique y Ana (sí, ya podrán calcular mi edad), que era una pareja bastante ñoña, formada por una niña y un joven. Le cantaban a un tal amigo Félix, que iba de camino al cielo y le pedían de favor que cuando llegara, los llevara a jugar un ratito con el osito de la osa mayor. En México, fuera de contexto totalmente, yo me imaginaba que Félix ¡era el famoso gato de los dibujos animados! Y al vivir aquí, me voy enterando de que esa canción es un homenaje, un tanto cursi, a Félix Rodríguez de la Fuente, aquí muy famoso y especialmente querido por los locos bajitos (como dice Serrat), por sus maravillosos documentales sobre animales. Lo cierto es que si están en una fiesta con gente de aquí, al calor de las copas y cuando todo el mundo se ha soltado ya el pelo y la vergüenza ha desaparecido, sepan que pueden cantar a coro y desde el corazón de la infancia alguna canción de esas. Alguna, no más, que tampoco hay que abusar. Ya si se trata de ponerse a cantar a grito pelado, no hay nada mejor que darle rienda suelta al mariachi que todos llevamos dentro y cantar que seguimos siendo el rey. Ésa seguramente todo el mundo se la sabe. (Será por algo que luce, en pleno corazón de la ciudad antigua de Barcelona, una placa que hermana a la Plaza Real con nuestra querida Garibaldi). La otra es ponerse verdaderamente de rompe y rasga y arrancarse sin tapujos con Rata de dos patas, de Paquita la del barrio. Esa, de manera sorprendente, muchos se la saben y los que no, se la aprenden en ese momento con hartísimo placer.

En fin, que nada mejor que la música para alegrarnos las penas. Para viajar en un segundo a cualquier parte. Transportarnos a nuestra patria con un buen son jarocho; llevarnos de paseo por New Orleans con un blues de esos que erizan hasta los pelos más engominados; volar de ahí a Argentina con un buen tango; quedarse aquí disfrutando de una buena rumba catalana; darse una vuelta por Sevilla al compás de una saeta, o plantarnos en La Habana, sin mayor trámite que un son en la voz de Omara Portuondo. Para reír como lloraba Chavela. Para dar un hermoso paseo hacia nuestra infancia, buscar en el baúl de nuestros recuerdos que son tesoros y para imaginar que volamos hacia un paraíso. Para cantar nuestros amores y también nuestros desamores, lamentando el infame robo de nuestro mes de abril. Para todo eso y más está la música, siempre evocadora, solícita y oportuna. La que aparece en el momento justo y nos acaricia el alma cuando más lo necesitamos. Nada mejor para acompañar la vida que la música, ese  grandioso y mágico instrumento de infinito placer.

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